Mikel Landa cruzó la meta del Collado del Alguacil y, esta vez, no pudo esconder nada. Ni la alegría, ni el alivio, ni los años de frustraciones acumulados. El ciclista alavés acababa de ganar la etapa reina de La Vuelta, pero lo que vino después fue casi tan emocionante como la propia victoria: una entrevista con la voz entrecortada y las lágrimas como protagonistas.
«No me lo esperaba, pero soñaba con ello. Hoy era la última oportunidad y no me quería dejar nada en el tintero», confesó Landa todavía sobrepasado por lo sucedido. Después de un año especialmente complicado y de cinco años sin conseguir una victoria, el alavés había encontrado en la montaña granadina el escenario perfecto para reencontrarse consigo mismo.
«Me he acordado de mis hijos»
Pero hubo un momento de la entrevista que convirtió el triunfo en algo mucho más personal. Landa explicó que, mientras sufría sobre la bicicleta, pensó en sus hijos. Ellos fueron una de las razones que le empujaron a no rendirse.
«Me he acordado de mis hijos. No me podía ir a casa así, rindiendo», explicó. Y dejó un mensaje que trasciende el ciclismo: «Si un día ven esto y lo entienden, me gustaría que sepan que no te puedes rendir nunca».
Fue entonces cuando las emociones terminaron de desbordarse. No era solamente ganar una etapa. Era demostrar, después de meses difíciles, que todavía podía hacerlo.
Una espera demasiado larga
Landa no ocultó la dureza del camino. En la entrevista recordó que llevaba dos años especialmente complicados y que el equipo había sido fundamental para sostenerle cuando las cosas no salían.
«Llevaba dos años de mierda y por fin he conseguido algo que buscaba hace mucho tiempo», reconoció. También agradeció el cariño recibido durante la carrera y a una afición que nunca dejó de creer en él: «El Landismo vive».
Y quizá ahí esté el verdadero significado de su victoria. Landa no ganó únicamente una etapa. Ganó después de caerse, sufrir y dudar. Ganó cuando parecía más difícil hacerlo.
Por eso, al terminar, no quiso atribuirse el triunfo únicamente a sí mismo: «Hoy no he ganado solo, han ganado todos». En el Collado del Alguacil, Landa volvió a levantar los brazos. Pero, sobre todo, volvió a creer.



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