Imaginen vivir en un segundo, tercero o cuarto piso y que salir a la calle dependa de que alguien les baje en brazos. Que una visita al médico, una compra o un simple paseo se conviertan en una operación logística. Que la libertad se mida en escalones.
Eso es lo que denuncian los vecinos de una comunidad de Benalmádena, donde el ascensor prometido sigue siendo únicamente un hueco de hormigón. La estructura está ahí, visible para todos, como un recordatorio diario de una solución que nunca terminó de llegar.
«Hay que arrastrarla por la escalera. No hay otra manera de que suba a su casa», Señala Tania Guerrero vecina y portavoz de la comunidad. «¿Qué hacemos? ¿Qué la chiquilla no baje nunca de su casa y se quede recluida toda la vida?».
El rostro de la espera
Detrás de cada escalón hay una historia. La de Isabel es una de ellas. Su hija María tiene discapacidad y necesita ayuda para salir de la vivienda y regresar a ella. Durante años, Isabel pudo cargar con ese esfuerzo. Hoy ya no.
«Yo antes la bajaba y la subía sola, pero ahora no puedo. Tengo las rodillas para operarme y ya no tengo fuerza», explica. La situación se agrava porque la comunidad está formada en gran parte por personas mayores. Una vecina del primer piso ha tenido que marcharse a una residencia. Otra residente del tercero, operada del corazón, también se ha visto obligada a abandonar temporalmente su vivienda mientras espera una solución.
Lo que comenzó como un problema de accesibilidad se ha convertido, según denuncian, en un problema de dignidad.
La historia comenzó en noviembre de 2022. Entonces arrancó el procedimiento para instalar un ascensor que permitiera a los residentes recuperar algo tan básico como la autonomía. Sin embargo, tres años después, el proyecto permanece a medio hacer. «Se nos prometió que iban a hacer un ascensor y el ascensor no ha llegado», resume uno de los afectados.
Según explican, la empresa encargada abandonó la actuación después de ejecutar únicamente una parte de la obra. La comunidad asegura haber adelantado dinero para los trabajos, pero el proyecto quedó paralizado.
De las tres fases previstas, solo una está terminada: el cajón donde debería ubicarse el ascensor. Falta cerrar la estructura, adaptar parte de las viviendas afectadas y, sobre todo, instalar el mecanismo que permitiría ponerlo en funcionamiento.
Cada peldaño sigue siendo una barrera
Mientras las administraciones, las empresas y los procedimientos siguen su curso, la vida cotidiana continúa. Cada día, vecinos de edad avanzada y personas con movilidad reducida siguen enfrentándose a una misma pregunta: cómo bajar y cómo volver a subir.
El ascensor aún no existe. Solo existe el hueco. Y entre ese vacío y la puerta de la calle hay una distancia corta en metros, pero inmensa para quienes llevan tres años esperando recuperar algo tan sencillo como el derecho a moverse con libertad.



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