Mientras las aulas permanecen vacías durante las vacaciones, los campos de fútbol y las piscinas municipales se llenan de vida. Los campamentos de verano vuelven a convertirse en el destino elegido por cientos de familias para que los más pequeños disfruten de los meses estivales lejos del sedentarismo y las pantallas. Pero estos espacios ofrecen mucho más que entretenimiento: fomentan valores, amistad y hábitos saludables.
Cada mañana comienza con una programación diseñada al detalle. Los entrenamientos, los juegos y las actividades deportivas se alternan con momentos de ocio y piscina para que los niños aprendan sin dejar de disfrutar. Todo ello bajo la supervisión de un equipo de monitores que acompaña, guía y motiva a los participantes.
Un balón como herramienta educativa
«Aunque el fútbol es el eje principal del campus, el verdadero objetivo va mucho más allá de mejorar la técnica o la táctica», señala Antonio Avilés coordinador del Campamento de verano. El deporte se convierte en una herramienta para enseñar compañerismo, respeto y trabajo en equipo.
Los niños comparten experiencias con compañeros de otros colegios y encuentran un espacio donde hacer nuevas amistades mientras continúan practicando el deporte que más les apasiona.
«Cada jornada está planificada con objetivos concretos, igual que en el colegio, adaptando los contenidos a las diferentes edades», destaca Avilés. Todo esto para que el aprendizaje sea progresivo sin perder el componente lúdico que caracteriza al verano.
La inclusión también juega
Uno de los pilares del campamento es la inclusión. «Los menores con necesidades educativas especiales participan en las mismas actividades que el resto gracias al trabajo de monitores especializados que adaptan cada dinámica a sus necesidades», señala Juan Bañasco, técnico de integración del campamento.
Algunos cuentan con un monitor de apoyo individual, mientras que otros trabajan en grupos reducidos, siempre buscando que todos disfruten en igualdad de condiciones. «Deportes, juegos, baile, pintura o natación forman parte de un programa en el que cada niño encuentra su espacio», señala Bañasco.
La piscina, además de aliviar las altas temperaturas, se convierte en uno de los momentos más esperados del día, donde el objetivo principal es disfrutar y compartir.
Mucho más que unas vacaciones
Cuando termina la jornada, los niños regresan a casa con algo más que cansancio. Vuelven con nuevas amistades, experiencias compartidas y aprendizajes que difícilmente se adquieren frente a una pantalla.
Porque, detrás de cada juego, de cada entrenamiento y de cada chapuzón, hay un equipo de monitores que convierte el verano en una oportunidad para crecer, aprender y demostrar que la inclusión y la diversión siempre pueden ir de la mano.



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