La casa de Cristóbal Angulo no es fácil de encontrar. Por ello, es él mismo quien espera a sus invitados en la verja del camino de tierra que conduce hacia su oasis de gallinas y pimientos verdes. Tiene 26 años, dos carreras, seis gatos y, según él mismo, «muy poca vergüenza». También tiene mucho humor. Y un teletrabajo que le permite llevar una vida que, en la provincia, resulta casi tan excepcional como poder comprarse una vivienda antes de los treinta.
«Es muy satisfactorio comerte tus propios tomates», dice ya desde su huerto. «He llegado a cultivar mis propias lechugas, pero ahora ya no me meto en esos berenjenales», bromea agachándose para recoger precisamente una berenjena.

De nómada digital a nómada rural
Se estima que en la provincia de Málaga residen aproximadamente entre 15.000 y 20.000 ‹nómadas digitales›. Muchos de ellos proceden de países como Alemania, Polonia, Suecia o Estados unidos y vienen en busca de los rayos de sol mediterráneos. Por supuesto, también de los espetos, y de una economía que, aunque resulta inasumible para muchos malagueños, sigue siendo asequible para el bolsillo internacional.
Trabajan desde cafeterías de especialidad, espacios de coworking o apartamentos en primera línea de playa. Cristóbal también es un nómada digital, pero el alhaurino se ha montado su propio ‹coworking› lejos de la apabullante Costa del Sol; teletrabaja como periodista en su casa, con vistas a su huerto y a los pinos de la Sierra de Mijas. Y con el único objetivo de quedarse donde nació, de volver a sus raíces y de comerse sus propios tomates.
«Yo podría estar fuera pagando un alquiler y sintiendo claustrofobia en un espacio de 60 metros cuadrados, pero me di cuenta de que echaba de menos esto. No soy un niño de calle; soy un niño de campo», resume quien estuvo una temporada viviendo en ciudades como Sevilla y Granada, donde estudió Periodismo y Comunicación Audiovisual. Y como tantos jóvenes de su generación, interiorizó que progresar significaba marcharse.
«El relato que hemos heredado era salir del campo. La clase media aspiracional nos ha hecho creer que cualquier trabajo que te manchara las manos no era el ascensor social que buscábamos», explica.
El campo como elección
Cristóbal nunca sintió que el campo fuera una elección. Fue, primero, una obligación. Como tantos hijos de agricultores, pasó parte de su infancia y adolescencia ayudando en las fincas familiares. Y mientras otros dormían hasta tarde los domingos, él recogía naranjas.
«Cuando eres pequeño lo vives casi como un trabajo obligado. Luego sales fuera a estudiar y lo rechazas un poco porque piensas que ese no es el camino», dice. Pero la vida y —el mercado laboral— terminaron desmontando aquella idea. Y cuando acabó la universidad, regresó a Alhaurín.
«Me di cuenta de que no podía rechazar una parte de mí. Estos árboles los he plantado yo. Es una manera de estar en paz conmigo mismo. Ya solo me faltan el hijo y el libro», dice entre risas.

La generación que vuelve
En 2001, la agricultura, la ganadería y la pesca representaban el 8,2% del empleo nacional, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), y más de 1,29 millones de personas trabajaban en el sector. En 2024 ese porcentaje se redujo al 4,7%. En apenas dos décadas, el campo ha pasado de emplear aproximadamente a uno de cada doce trabajadores a menos de uno de cada veinte. Un campo que, por lo tanto, se muestra ahora envejecido y sin relevo.
Pero en Málaga la mayor parte de quienes trabajan actualmente en la agricultura tiene entre 25 y 44 años. Es decir, el relevo existe, aunque llega más tarde de lo que solía hacerlo. Y como Cristóbal, muchos de ellos son jóvenes que primero estudian, trabajan en otros sectores y, después, deciden volver. Aunque no todo es por absoluta convicción.
«En 1985 probablemente alguien con mi edad se habría independizado sin demasiados problemas. Ahora, muchos vivimos donde podemos, no donde queremos. Y aunque yo he elegido estar aquí, soy consciente de que todo tiene también un peso circunstancial», explica.
Ahora, muchos vivimos donde podemos, no donde queremos
Mientras buena parte de los universitarios encadenan contratos temporales o buscan oportunidades fuera de España, Cristóbal sabe que siempre tendrá un lugar al que regresar: «Si algún día me quedo sin trabajo, nunca se me van a caer los anillos por coger naranjas o plantar lechugas», expresa.
Un sector que necesita jóvenes
Es cierto que la agricultura ha perdido peso en España. Según el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía (IECA), también en Málaga disminuyen las contrataciones. Sin embargo, el paro agrícola continúa reduciéndose, especialmente entre los menores de 25 años. Es decir, los pocos jóvenes que deciden dedicarse al campo suelen encontrar trabajo sin dificultad.
Aunque la estabilidad sigue siendo uno de los principales retos del sector. Más del 82% de los contratos agrícolas continúan siendo temporales y dependen de las distintas campañas, por lo que muchos trabajadores enlazan cosechas durante todo el año sin llegar a alcanzar una situación laboral estable.

Visibilizar el trabajo en el campo
Y en referencia a los retos que afronta este oficio, entre ellos también se encuentran los estigmas y los prejuicios. Y para combatirlos, Cristóbal Angulo intenta mostrar su día a día en redes sociales, para visibilizar y normalizar su vida bucólica.
«Mucha gente vive como yo pero lo oculta. Pasa, sobre todo, en redes sociales. Entiendo que no voy a hacerme un ‹selfie› cogiendo limones, pero creo que es importante visibilizar y hacer apología del campo, y mostrar que en Málaga no somos todos nómadas digitales que buscan vivir en la playa», señala.
Hay una palabra que el joven repite en varias ocasiones: pertenencia. «Lo más bonito que te da esto es el arraigo», insiste. Y explica que cuidar unas plantas obliga a permanecer, a volver, a esperar y a responsabilizarse: «Es como la versión light de tener un hijo… pero con menos disgustos», sonríe.
Volver
Cristóbal no sabe dónde estará dentro de quince años. Quizá el trabajo le obligue a marcharse. Quizá no. Pero tiene claro que, de una forma u otra, terminará regresando: «Ya no puedo romper del todo mis vínculos con Alhaurín. Siempre acabaría volviendo. Pero al final, sobre todo teniendo en cuenta la crisis de la vivienda, no somos tan autónomos de nuestras decisiones como sujetos de las circunstancias».
Es cierto que su historia es una pequeña parte de la realidad del campo. Él mismo admite que se siente afortunado y es consciente de que puede permitirse esta vida porque el teletrabajo le proporciona unos ingresos que la agricultura, por sí sola, difícilmente le garantizaría.
Y aunque para él, el campo es una afición, conoce la dureza del oficio, la incertidumbre de las cosechas y la dependencia del clima, y no vende una utopía rural. Lo más importante es que el alhaurino quizá haya conseguido algo a sus 26 años que, en los tiempos que corren, muchos siguen persiguiendo a sus cincuenta: Cristóbal sabe quién es y de dónde viene. Y lo más importante: está orgulloso de ello.
«En estos tiempos en los que la propiedad funciona casi por suscripciones y nada es realmente tuyo, el hacer que algo crezca, el cultivar y el recoger los frutos de algo a lo que has cuidado tanto, da una satisfacción que poca gente conoce», reflexiona.
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