El regreso de las hermandades rocieras puso este jueves el broche final a una nueva romería del Rocío, vivida este año bajo altas temperaturas y una profunda intensidad espiritual. Miles de peregrinos volvieron a Sevilla con el cansancio acumulado tras días de camino, aunque también con la satisfacción de haber cumplido, un año más, con su cita ante la Blanca Paloma.
Abrazos, lágrimas y sevillanas acompañaron durante toda la jornada el reencuentro entre quienes realizaron la peregrinación y los familiares y vecinos que aguardaban en la ciudad la llegada de las carretas y los simpecados. La devoción volvió a hacerse visible en cada rincón de una jornada cargada de emoción en los barrios sevillanos.
Las cinco hermandades filiales de la diócesis hispalense fueron entrando a lo largo del jueves en Sevilla. La primera en hacerlo fue la del Cerro del Águila, que realizó su tradicional parada en el recinto ferial antes de continuar hacia su barrio. Poco después llegaba Sevilla Sur, mientras que la Macarena adelantó su ritmo habitual y alcanzó su templo antes de lo previsto.
Como suele ocurrir cada año, las entradas más esperadas y tardías fueron las de las hermandades de Sevilla y Triana. La corporación sevillana realizó una parada en Blas Infante para despedir a las carretas antes de su traslado al recinto ferial, donde comenzará el desmontaje. Solo la carreta del simpecado cruzó el Guadalquivir rodeada por cientos de personas que acompañaron el recorrido con sevillanas clásicas de la hermandad.
Estampas para el recuerdo
La caída de la tarde dejó algunas de las imágenes más bellas de la jornada. La luz dorada del atardecer iluminaba la Giralda, la Torre del Oro y el Puente de San Telmo mientras fotógrafos y curiosos buscaban inmortalizar el paso de la carreta del Salvador junto a los caballistas y los monumentos más emblemáticos de Sevilla.
Mientras tanto, el barrio de Triana comenzaba a vivir uno de los momentos más esperados del año. Balcones adornados con mantones, lluvia de pétalos y sevillanas improvisadas acompañaron la entrada de las carretas en el arrabal trianero. Tras la carreta de plata, Las Nieves de Olivares interpretaba pasodobles mientras cada reunión improvisaba su propia celebración.
Los peregrinos rodeaban en todo momento al simpecado, manteniendo una de las tradiciones más características de la hermandad: caminar junto a los bueyes durante el recorrido de vuelta. Los caballistas, agotados tras varios días de camino, recibían el reconocimiento y el cariño de los vecinos a su paso.
Uno de los instantes más sobrecogedores volvió a vivirse a las puertas de la parroquia de la O. Allí, numerosos hermanos aguardaban con cirios encendidos en una imagen de silencio y oración que parece mantenerse intacta con el paso de los años.
Ya en un ambiente más íntimo, aunque rodeado todavía de numerosos fieles, el simpecado regresó finalmente a la calle Evangelista ocho días después de partir hacia la aldea.



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