El paisaje de posguerra que durante décadas encajonó los alrededores de la frontera, en los laterales del paso aduanero, ya forma parte del pasado.
En la franja que recorre la frontera entre La Línea y Gibraltar, que va desde la aduana hasta la playa de levante linense, los operarios han eliminado casi todos los postes de hormigón que sostenían el vallado de alambres y concertinas. Una imagen más propia de fotogramas de cine de posguerra que de una frontera del siglo XXI. Adiós a los postes de hormigón aluminósicos, alambres oxidados y las temidas concertinas. Ahora mismo, lo único que se pisa en la zona es un asfalto negro, recién echado y sin pintar, que refleja la prisa institucional ante el cambio histórico que entra en vigor de forma provisional a la medianoche de este 15 de julio.
Pero la desaparición del metal viejo no significa que el Peñón quede desprotegido; más bien al contrario. La seguridad física ha mutado en control digital de última generación. Una nueva valla de acero verde se alza a unos cuatro metros de altura. El remate superior cuenta con una estructura «anti-escalada» de cuatro líneas con aspecto de estar electrificada. Además, el ojo tecnológico lo vigila todo: cada 15 metros se han instalado cámaras de reconocimiento facial de alta resolución. El nuevo despliegue de seguridad gibraltareña arranca en las obras de relleno de la cara este y muere pasado el aeropuerto.

Una aduana desmembrada para una nueva era
Este vuelco radical coincide con la firma del acuerdo provisional Unión Europea-Reino Unido en Bruselas. Desde Madrid, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha reivindicado que este pacto cierra «la última pieza del puzle del Brexit» y abre «una nueva era» donde el Campo de Gibraltar y el Peñón «se vuelven a dar la mano».
La traducción real para el ciudadano de a pie implica dos cambios inmediatos: en primer lugar, un paso libre. La aduana para personas queda desmembrada; se acabó la exhibición de documentos para cruzar a pie o en coche en este punto. En segundo lugar, se mudan los controles de seguridad: la Policía Nacional española y las autoridades gibraltareñas trasladarán el doble control de pasaportes exclusivamente al puerto y al aeropuerto.
Contraste urbano: la paradoja local
La velocidad de los despachos continentales contrasta drásticamente con la realidad del suelo español. A escasos metros del imponente blindaje tecnológico de Gibraltar, el lado de La Línea desluce la imagen con una parcela —de titularidad estatal— donde ramas, flores secas y arbustos lucen como restos propios de una necesaria quema de rastrojos. Parterres repletos de vegetación seca y restos del vallado antiguo caídos sobre la tierra que nadie se ha molestado en recoger.
La ironía fronteriza alcanzará su punto álgido este miércoles. El recinto ferial que albergará la inminente Velada y Fiestas de La Línea se levanta en la mismísima puerta de la nueva delimitación. Los linenses apurarán los detalles de las casetas mientras, a unos metros, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el propio Albares certificarán sobre el terreno el fin de la barrera. La Línea bailará este año pegada a una frontera que se ha vuelto invisible en el lado español de Europa, frente a una tecnología diseñada para dar seguridad y reconocimiento de quienes se acerquen al nuevo vallado gibraltareño.



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