A veces la historia de la literatura se esconde en los archivos más insospechados. Ha tenido que ser el escritor y periodista algecireño Juan José Téllez quien tire del hilo para sacar a la luz una de las postales más íntimas, desconocidas y desgarradoras de la generación del 27: la estancia secreta de Federico García Lorca y su último gran amor, Rafael Rodríguez Rapún, en el Campo de Gibraltar.

A través de dos reveladoras fotografías del verano de 1935 —cedidas por el hispanista Ian Gibson a la Asociación de la Prensa del Campo de Gibraltar—, Téllez se ha hecho eco en sus redes de un episodio interesante no solo a los vecinos de la comarca, sino a los más fieles seguidores del poeta granadino. Las imágenes nos transportan a los frondosos jardines coloniales del Hotel Cristina de Algeciras.
Un escenario (como muestran las fotografías cedidas a la Asociación de la Prensa del Campo de Gibraltar) con un magnetismo lírico singular: en ese mismo espacio, a caballo entre 1927 y 1928, había disfrutado el Nobel irlandés William Butler Yeats junto a su esposa Georgie, y allí mismo concibió su célebre poema At Algeciras — A Meditation upon Death (Una meditación sobre la muerte).
Federico García Lorca ya había dejado escrito aquello de «De Cádiz a Gibraltar, ¡qué buen caminito! El mar conoce mi paso por los suspiros», Canto nocturno de los marineros andaluces (1921). Pero en esa gira estival con su teatro universitario La Barraca, el camino cobró un sentido puramente íntimo junto al hombre que condensaba en su biografía toda la efervescencia y el drama de la España de los años 30.
Del balón del Atlético a las tablas de La Barraca
Rafael Rodríguez Rapún vino al mundo en Madrid, en 1912, en el seno de una familia de clase trabajadora. Pero en 1933, con apenas 21 años, su destino dio un vuelco absoluto. De la noche a la mañana, dejó atrás los planos de la carrera de ingeniería de minas, las botas de fútbol con las que jugaba en el Atlético de Madrid y su militancia en las filas socialistas. Lo dejó todo por subirse a un camión cargado de tablas, focos y telas.
Federico lo reclutó con una misión: llevar el Siglo de Oro a los pueblos más recónditos de la República. Al ver sus iniciales, el poeta lo bautizó al instante con un apodo que se le quedaría grabado a fuego: «El hombre de las tres Erres». No tardó nada en nombrarlo secretario de la compañía. Bajo las estrellas de la gira de 1935, entre Lope de Vega y Calderón de la Barca, el respeto profesional mutó en un amor tan intenso como clandestino. Los compañeros de la compañía notaban las miradas. Federico vivía pendiente de cada detalle de su secretario; de fondo, iba dando forma a los desgarradores versos de sus Sonetos del amor oscuro.
Aquella idílica desconexión en los jardines de Algeciras se quebró de golpe con el estallido de la guerra. En agosto de 1936 llegó el hachazo: Lorca había sido asesinado en Granada.
Para Rapún, destrozado por la noticia, ya no hubo dudas. Colgó el traje de actor, se enfundó el uniforme, pasó por la escuela de artillería del Cuartel de Lorca en Barcelona y marchó directo al frente norte como teniente del Ejército Popular. Tocaba defender la República en la que Federico había creído.
El destino, caprichoso, firmó una simetría cruel. El 18 de agosto de 1937, con apenas 25 años, un bombardeo alcanzó el Hospital de Campaña Nº4 durante la Batalla de Santander. Rafael Rodríguez Rapún murió a causa de las heridas de metralla y acabó enterrado en el cementerio de Ciriego. Se marchó un año exacto después del hombre que le había dado su nombre definitivo. El futbolista, el ingeniero, el soldado y el último amante del poeta se apagaba para siempre, dejando su silueta grabada en las viejas mecedoras del hotel de Algeciras.


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