En la tarde del 12 de julio de 1997, un escalofrío recorrió la espina dorsal de España. Tras días de agonía, habían encontrado a Miguel Ángel Blanco, el concejal del PP en Ermua secuestrado desde hace días por la banda terrorista ETA. Tenía dos disparos en la cabeza y se daba por hecho su muerte que se acabaría confirmando a las cinco de la madrugada del 13 de julio.
Aquel crimen repugnó hasta límites insospechados a la sociedad española, que hizo un clic necesario sobre la necesidad de unirse contra este grupo de delincuentes que infundía terror sin ya saber muy bien lo que reclamaban. Siempre había sido una cuestión de todos, pero ya no era solamente un tema de las Fuerzas y Seguridad del Estado o de los políticos, era cuestión de cualquier hijo de vecino inundar las calles con las manos blancas.
El llamado espíritu de Ermua
Aquella tarde del 12 de julio pilló a muchos niños españoles jugando en piscinas mientras en las casas se interrumpía el Tour de Francia y cualquier siesta posible. Fueron días de vigilia en los que la mayoría de la ciudadanía se identificó con la mirada cristalina que salía en la foto de aquel muchacho de Ermua al que ETA había puesto en sus objetivos para hacer un daño inusitado.
Para un niño que ya tuviera consciencia vital es imposible olvidar los fogonazos de aquellos días de dolor en las casas, de conversaciones de los adultos por lo bajo o por lo alto preocupados como si Blanco fuera un familiar más.
Entonces, la banda terrorista ETA todavía generaba pavor en todas las edades, ver a los de los pasamontañas en televisión erizaba el vello o ver a vecinos que eran guardias civiles u cualquier otro oficio noble mirando debajo del coche era una imagen normal. Como que una madre te dijera durante años que le daba miedo a aparcar el coche en el parking de un centro comercial, algo que un niño que no había conocido lo del atetando de Hipercor en Barcelona veía absurdo.
La «mierda moral» que no se va
En los ochenta hubo plomo y en los noventa siguieron los crímenes, aunque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y, en particular, la Guardia Civil asestó varios golpes que fueron estrechando el cerco sobre los terroristas. En la primera década de los 2000 también hubo que asistir a varias tragedias en forma de asesinato, aunque más espaciadas en el tiempo y con cada vez más constancia de que aquello podía acabar.
Hoy son múltiples los productos culturales, de ficción o no ficción, que intentan atrapar lo que supusieron los 42 años de ETA y las más de 850 muertes. Documentales, películas, libros, obras de teatro, programas de televisión que van generando un puzzle que poco a poco es lo que quedará cuando los que lo vivieron no puedan contarlo de primera mano. Esa visión poliédrica necesaria, pero que todavía está muy en pañales, pues realmente es pronto aún para conocer las dimensiones del drama.
Porque fueron más de 850 muertes o miles de heridos física o moralmente. La cifra de familias arrasadas es imposible de imaginar. Porque fueron también los 180.000 o 200.000 personas que se fueron a otro, según las cifras actualizadas del llamado exilio vasco que algunos institutos que se han empeñado en recontar para que no quede en el olvido.
Y es una «mierda moral», como la calificó un experto en la materia como el periodista José Antonio Zarzalejos, que no se va tan rápido y que queda en forma de ‹ongietorris›, homenajes a los etarras que salen de la cárcel, y en otros símbolos que indican que el camino casi ni se ha empezado a recorrer.
«Mis paisanos honrados escuchan pero no oyen, miran pero no ven. Se niegan a asumir que los excrementos de ETA siguen ahí. Se indignan, sí, pero en privado», decía Zarzalejos en una columna de opinión en ‹El Confidencial› 2019, que siete años después sigue vigente.
¿Los jóvenes conocen a Miguel Ángel Blanco?
Y ahora la pregunta que se hacen los medios y la cultura es si los jóvenes conocen a Miguel Ángel Blanco. Una clave la dio a este medio Fernando Aramburu, el novelista que quizás ha escrito la obra canónica que mejor explique tantos años de ETA. Porque si a estas alturas alguien no ha leído ‹Patria› está tardando, como mínimo, en ponerse la serie de HBO.
En el programa ‹Llegó la hora› de 101TV explicaba durante una entrevista que es normal que los jóvenes y quienes no vivieron algo lo desconozcan: «Es ley de vida», decía Aramburu quitándole hierro al asunto, pero apuntando que el problema está en si esos jóvenes o los jóvenes del futuro o, incluso, quienes lo vivieron van a tener a su alcance las obras necesarias y un plan de estudios para enterarse de capítulos de la historia que aunque duelan toca transitar.



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