Cada semana, Zakarías, Auxi, Bernardino, Carlos y Mariví cargan bolsas con alimentos, productos de higiene y bebidas calientes para recorrer las calles de Sevilla. Su objetivo va mucho más allá de cubrir necesidades básicas: buscan ofrecer compañía y apoyo a quienes sobreviven sin un hogar en una ciudad donde las altas temperaturas convierten el verano en un desafío extremo.
Bajo el nombre de ‘La Calle’, este grupo de voluntarios inicia su ruta en el barrio de El Arenal y continúa por distintos puntos de la capital donde conocen la presencia habitual de personas sin hogar, ya sea en plena vía pública o refugiadas en improvisados cobijos de cartón.
Fernando Sánchez, uno de los beneficiarios de esta iniciativa, resume con una frase la dureza de su realidad: «Los cartones duelen mucho».
Una ciudad hostil para quienes viven al raso
En Sevilla, alrededor de un millar de personas viven en situación de sinhogarismo, una circunstancia que se agrava durante los episodios de frío intenso y, especialmente, en verano, cuando los termómetros alcanzan los 40 grados. Los voluntarios recuerdan que muchas de estas personas «se juegan la vida» cada día intentando soportar las altas temperaturas.
El Ayuntamiento dispone de alrededor de 125 refugios climáticos durante las olas de calor, una cifra que puede ampliarse hasta los 145 si las circunstancias lo requieren. Sin embargo, quienes trabajan sobre el terreno consideran que estos recursos resultan insuficientes para atender todas las necesidades.
Dormir, cada vez más difícil
La falta de espacios donde refugiarse es otro de los problemas que denuncian los voluntarios. Hasta hace unos años, varias personas sin hogar utilizaban los soportales de un mercado de abastos para dormir. En 2022 comenzó el proceso para cerrar ese espacio mediante rejas, una actuación iniciada por el anterior gobierno municipal y culminada este año.
Pese a ello, muchos continúan regresando al lugar durante el día. «Por inercia», explican los voluntarios, permanecen apoyados en las rejas buscando la escasa sombra que ofrece el enclave.
Mariví López recuerda con indignación cómo muchas personas perdieron ese lugar donde pasar la noche. A ello se suma el cierre nocturno de algunos cajeros automáticos, que anteriormente servían de refugio improvisado para quienes no tenían otro sitio donde dormir.
Un café que cambió muchas vidas
La historia de ‘La Calle’ comenzó de forma sencilla. Mariví recuerda que todo surgió tras encontrarse con una persona que necesitaba algo más que comida. «Le dije que si quería tomar un café, y nos pusimos a hablar», explica.
Aquel encuentro dio paso a otros muchos y terminó convirtiéndose en un compromiso semanal para atender a personas en situación de exclusión social.
Entre ellas está el conocido como «tío Paco», que considera a Mariví como «su sobrina», o Ahmed, un joven marroquí al que el grupo ha ayudado a regularizar su situación administrativa y que ahora espera incorporarse a trabajar en la campaña de la fresa en Huelva.
Del sinhogarismo al voluntariado
Uno de los integrantes del grupo es Carlos Wehbi, un argentino que conoce de primera mano la dureza de vivir en la calle. Tras superar una adicción al alcohol que estuvo a punto de hacerle perderlo todo, hoy dedica parte de su tiempo a ayudar a quienes atraviesan situaciones similares.
Asegura haber recuperado «la alegría de vivir, las ganas de todo» y reconoce que ahora está «en el otro lado», después de haber pasado de necesitar ayuda a convertirse en voluntario.
Cada uno aporta lo que puede
La labor de ‘La Calle’ se sostiene gracias a pequeñas aportaciones individuales. Bernardino, médico jubilado y conocido entre todos como «el doctor», ofrece atención sanitaria gratuita a quienes la necesitan para evitar que sus problemas de salud empeoren por las duras condiciones de vida.
Auxi prepara bocadillos, mientras que Zakarías lleva cada semana té marroquí. Durante uno de los recorridos, un joven se acerca al grupo para pedir algo de comida porque no había probado bocado en todo el día. Desde ese instante, toda la atención se centra en él hasta comprobar que puede alimentarse.
Mariví explica además que cuidan cada detalle de los alimentos que reparten: «Pastas que no tienen manteca de cerdo, porque nos aseguramos de que todo lo que traemos lo pueda comer cualquier persona sin problemas de creencias».
Además de comida o productos básicos, los voluntarios intentan responder a otras necesidades. Entre sus encargos está ayudar a Carlos a encontrar un empleo como cuidador de personas mayores, convencidos de que, en muchas ocasiones, la ayuda más importante no es material.
Porque, como demuestran cada semana durante su recorrido por Sevilla, un café, una conversación o escuchar a alguien puede ser tan necesario como un bocadillo.



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