A Héctor Bellerín lo convocan últimamente casi tanto a mesas redondas de literatura como a partidos. El lateral catalán se ha desmarcado como un lector voraz, de los que cuentan las temporadas por libros leídos, como si saliera de las páginas de ‹Saber perder›, la novela de David Trueba en la que el futbolista argentino Ariel Burano (con trazas de Pablo Aimar) descubre Madrid entre museos. Pero en el Real Betis Balompié los libros no se quedan en el vestuario: también suben al banquillo
Hay futbolistas escritores, como el onubense Miguel Pardeza o Jorge Valdano. Hay futbolistas de novela, como George Best, que bromeaba con que se compró una casa junto al mar pero nunca pisó la playa porque antes había que pasar por el bar, y que en 1972 se refugió en Marbella sin saber muy bien qué hacer con su vida. Y luego están los que encuentran en los libros un refugio frente a la presión de la élite. Manuel Pellegrini es uno de ellos.
Está el caso de Bellerín, a quien algunos han acusado de postureo. Lo suyo con los libros empezó en el confinamiento, con Bukowski, y le llevó a buscar escritoras cuando se dio cuenta de que solo había leído a hombres. Hoy acude cada martes a un grupo de escritura en Sevilla. Pero en Heliópolis tiene un competidor de primer nivel: su propio entrenador. Manuel Pellegrini se ha confesado en más de una ocasión lector empedernido y reparte el escaso tiempo libre que le deja el fútbol entre el cine y las novelas. Lo que viene siendo un cultureta de manual.
Un escritor que pasó del Osasuna al Málaga y al Betis
La biblioteca del banquillo tiene domicilio en Nerja, en la frontera de la Axarquía con Granada. Allí vive Justo Navarro, poeta, traductor de Fitzgerald y Virginia Woolf, y uno de los grandes nombres de la novela negra española. Sus lealtades futbolísticas tienen algo de trama de las suyas.
En 2008, el poeta Antonio Hernández contaba en una entrevista en ‹Europa Sur› que Navarro había sido del Osasuna «por el nombre raro del equipo», hasta que se hizo del Betis cuando su hija empezó a salir con un tal Fernando, jugador verdiblanco entonces. Ese bético es hoy Fernando Fernández, el malagueño que ejerce segundo entrenador del equipo de Heliópolis . Y el círculo se cerró en 2021, cuando el propio Navarro contó en el Centro Andaluz de las Letras de Málaga que su yerno le pasaba sus novelas a Pellegrini, un lector, dijo, de muy buen gusto.
El triángulo literario
Pellegrini y Fernando se conocieron en La Rosaleda, en el invierno de 2010, cuando el chileno aterrizó para salvar del descenso a un Málaga que poco después, con el dinero catarí, se convertiría en el EuroMálaga de los cuartos de Champions. Fernando, malagueño de cuna, apenas jugó a sus órdenes y se marchó antes de la gran aventura europea, pero algo debió de quedar de aquellos meses: una década después, el Ingeniero lo llamó para su cuerpo técnico en el Betis.
Pellegrini y Fernando se conocieron en La Rosaleda, en el invierno de 2010, cuando el chileno aterrizó para salvar del descenso al conjunto blanquiazul
Con él llegaron los libros del suegro. No es casualidad que encajen. El comisario Polo, el detective que Navarro pasea por la Granada de 1963, el París ocupado y la Bolonia de posguerra, es ingeniero de telecomunicaciones; Pellegrini, ingeniero civil. Y el propio Navarro ya había cruzado la frontera entre el balón y la literatura en 1995, cuando firmó «El alma al diablo» en «Cuentos de fútbol», la antología de Jorge Valdano. Otro entrenador lector, por cierto.
Este sábado, en el banquillo verdiblanco se sentará un malagueño y malaguista, junto a un entrenador que hizo soñar a La Rosaleda con la Champions. Y en Nerja, un novelista granadino que fue del Osasuna por el nombre, y del Málaga y del Betis. Por ello, quizá vea el derbi andaluz como uno de sus casos: sabiendo que, gane quien gane, en esta historia nadie es del todo inocente.




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