Un paseo por las calles de Sevilla bastaba para percibir que algo ocurría en la ciudad. Tenía un color especial, más incluso que el habitual. Al girar cualquier esquina, en las terrazas de los bares, en los cruces… Las señales eran claras: camisetas rojas en cada rincón y, sobre todo, en un blanco crudo que arrasó. En algunas, el símbolo que hacía brillar las miradas, dos estrellas bordadas en el pecho. España jugaba en el Sánchez-Pizjuán y todo era pasión.
Desde muy pronto, las calles se llenaron de aficionados, españoles y croatas. Llegaron en masa los hinchas de la selección visitante, que aprovecharon la ocasión para pasar unos días en Andalucía y respaldar a los Modric, Perisic y compañía. Y, de paso, llenar las arcas de los bares y las cafeterías de los alrededores del estadio, a rebosar durante todo el día.
El feudo sevillista era el punto neurálgico, el lugar donde el termómetro se disparaba y la emoción se ponía a flor de piel. Un par de horas antes, casi de manera espontánea, miles de personas trazaron un carril que conducía directamente al interior del estadio. Y las miradas, a un lado y a otro, se impacientaban. Al otro lado, abrazos, cánticos y fotos. Sobre todo, fotos. Nadie quería que el recuerdo se quedara solo en la retina, como si de un gesto egoísta se tratara.
La hilera de aficionados circulaba de un lado a otro, banderas al viento. Los había quienes, emocionados, compartían la ilusión por videollamada. Familias enteras, generaciones unidas… Hasta que, de repente, asomaron un par de autobuses, fácilmente identificables en un llamativo color rojo. Por si hubiera alguna duda, dos estrellas presidían un gran escudo. Y por si todavía a alguien no le había quedado claro, un letrero luminoso presentaba a la comitiva: «España».
Apenas los transportes viraron para adentrarse en la calle Sevilla Fútbol Club, en el improvisado pasillo formado por los aficionados españoles, una ciudad entera vibró. Miles de voces se unieron de forma improvisada en un chillido conjunto, móvil al cielo para captarlo todo. Aplausos, bocinas e, incluso, alguna representación de la copa del mundo. Los más pequeños, atónitos, contemplaban el espectáculo a hombros. Ni siquiera los agentes encargados de velar por la seguridad podían evitar la sonrisa. Y aquello solo fue el preludio.
Locura en la grada
La pasión sevillana cruzó las bocanas de acceso al Sánchez-Pizjuán y, poco a poco, fue dotando de color la grada del estadio. No era tan roja como de costumbre, llenos los asientos de la segunda indumentaria que causó furor. De repente, un espectáculo de luces, humo y fuego para presentar a los protagonistas que saltarían al césped. Zubimendi, Álex Baena y… estalló la locura. Porque Lamine Yamal encandila al tiempo que levanta al público de la silla. Fue el más aclamado, junto con Fabián, pese a jugar en casa de su enemigo.
Sonó el himno y el vello se erizó al son cofrade, aunque sentimiento puro que confluyó en éxtasis al primer minuto. Golazo de Lamine. El primero de los cuatro con los que La Roja puso al feudo sevillista patas arriba. La ciudad había puesto el corazón y los pupilos de Luis de la Fuente se encargaron del fútbol. Ondeó la ilusión sin rompeolas en el horizonte, brotaron los cánticos y, al ritmo de la trompeta, bailó todo el estadio. Apareció Jesús Navas, ídolo blanquirrojo, y entregó a Rodri nada menos que la copa del mundo, ofrecida a una hinchada entregada.
El ganador del Balón de Oro fue uno de los más ovacionados, junto con Lamine Yamal y Fabián. También estalló el aplauso cuando Pedri pisó el campo… y con Luka Modric. El croata levantó admiración con solo salir a calentar y, en cuanto pisó el césped, recibió el cariño de toda Sevilla.
Sonó el silbato y los españoles recorrieron todo el campo para agradecer el respaldo. En el camino, recibieron todo el amor sevillano, al ritmo de Superestrella. Idílico.


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