La vida es una oscilación constante. Hay días en los que uno quiere comerse el mundo y otros en los que el mundo parece comérselo a uno. Días en los que todo tiene sentido y días de mierda. Días por exceso y sin defecto. Una oscilación, ya digo. Hoy, 22 de octubre, celebramos el Día Mundial de la Oscilación.
Decir que la vida es una «oscilación constante» es una paradoja. La vida tiene algo de paradoja. Oscilamos entre querer estar solos y que alguien nos llame. Entre ahorrar y gastar, entre la razón y la emoción, la prudencia y la valentía… Resultamos incoherentes con tanto oscilar, pero la vida, ya digo, es una paradoja, incoherente y complicada.
Yo soy muy de oscilar, y de paradojas e incoherencias complicadas. Sostengo que la oscilación es la manera más artística y sabia de vivir. Por definición, la oscilación es ese arte que nos lleva de un lado a otro alrededor de un punto de equilibrio. Un punto que, por ejemplo, podría ser la vida. Aristóteles hablaba del equilibrio como forma de virtud.
La virtud estaría en no pasarse ni quedarse corto. No ser un cobarde ni un temerario. No vivir siempre enfadado ni estar en la vida como si nada importara. Pero nos hemos acostumbrado a los extremos. Digamos que a los extremos de la oscilación. Todo es magnífico o una catástrofe, alguien es un genio o un idiota, el amor de mi vida o un «ya no quiero verte más».
Nos cuesta aceptar los matices. Los matices son ese territorio incómodo en el que las cosas pueden ser verdad y mentira al mismo tiempo, en el que uno puede tener razón en una parte de su argumento y equivocarse en otra. Quizás los matices, los peros, las dudas sean el verdadero equilibrio. Quizás la oscilación, reitero, sea la manera más artística y sabia de vivir.
Somos una contradicción permanente, una negociación entre lo que deseamos, lo que debemos y lo que nos atrevemos a hacer. Una búsqueda de la virtud. Hoy celebramos el Día Mundial de la Oscilación, una efeméride científica que merecía una reflexión y un consejo: si pueden, oscilen, vivan sin instalarse en ninguna certeza porque, a veces, para encontrar el equilibrio, hay que perderlo.
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