Según una encuesta de Rumbo de hace unos años, España ganaba con creces la clasificación en Europa, con más del 60% de la población teniendo como mínimo alguna manía vinculada a la suerte. Salían muy por delante de italianos, pese al empuje de los napolitanos, y también de alemanes y franceses, bastante más cartesianos.
Argentina, un país construido por emigrantes españoles, en su mayoría de la supersticiosa tierra de Galicia, y también por italianos, sus ‹tanos› queridos, no se puede quedar atrás. Es más, en un país tan chamánico, dado al drama constante y al vodevil, parece que lo raro es no ser supersticioso. Y más cuando se trata de fútbol.
La escritora y periodista Leila Guerriero explicaba hace cuatro años, cuando el Mundial de Catar, que su padre generaba la ‹anticábala› caminando por el parque mientras jugaba la selección Argentina. Sus hijos veían decisivo que lo hiciera para que ganara la albiceleste. En la película ‹El lado bueno de las cosas›, Robert de Niro tenía un momento glorioso colocando los mandos de una manera determinada y siempre teniendo que ver los partidos con la misma gente para que vencieran sus Philadelphia Eagles y salieran las apuestas.
‹19 de diciembre de 1971›, un cuento imprescindible
¿Les suena todo esto, cierto? «Aquel que no venga que da gafe» o «mufa» si es en argentino. «No, no, lo vemos en tu casa, que da suerte…» es otra conversación típica de estos días grande de Mundial y de Eurocopa cuando hasta el que pasa mucho del fútbol se sube el carro o no le queda más remedio que toparse con él.
Pero si hay algún cuento que explique bien lo que los argentinos denominan «cábala» es ‹19 de diciembre de 1971›, el relato de Roberto Fontanarrosa de un derbi entre los leprosos de Newell’s Old Boys y los canallas de su Central. El escritor de Rosario, al igual que otros ídolos argentinos como Messi, Scaloni, Di María, Menotti o el Che Guevara, condensa en apenas unas paginitas todo lo que significa ser aficionado a la cosa más importante de las menos importantes que diría Bill Shankly o el que sea que lo dijera a estas alturas.
Sí yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero habla que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.
Básicamente el cuento rezuma argentinismo, jerga y en clave de humor narra un secuestro al viejo Casale, un hombre que al parecer daba mucha suerte a Rosario Central y siempre que lo veía contra su eterno rival de Newell los canallas ganaban. Entonces, un grupo de amigos propone todo un plan al estilo ‹El Golpe› para secuestrar y llevar a la cancha a este hombre que padece de problemas de salud.
Te juro que ni los tupamaros hubieran hecho un operativo como ése, hermano. Fue una maravilla
Así que si quieren leer buena literatura futbolera y hacer horas mientras llega la final y plantear a su manera la cábala necesaria, tienen en este relato del viejo Casale la ocasión de pasar un buen rato y entender que lo de las supersticiones es así, inexplicable. El final se lo pueden imaginar, pero aún así hay que leerlo o escucharlo en esta narración de YouTube.
¿Quiénes son más supersticiosos?
Así que a la pregunta de «¿quiénes son más supersticiosos: españoles o argentinos?» la tras un arduo debate argumentativo bien podría acabar en empate técnico por muy especiales que se crea cada cual. Algo que reafirma más si cabe el hermanamiento y las raíces comunes de dos países que dejan en manos de la suerte, la propia suya.
Por cierto, un supersticioso como Luis Aragonés, que consiguió ganar una Eurocopa con una segunda equipación que era amarilla (dorada, dirán algunos), decía que la suerte había que buscarla desde el trabajo y la convicción. Todo se trabaja, hasta la suerte.



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