El 15 de septiembre de 2026, el PSOE se abstuvo cuando el Congreso debatía si comenzaba a tramitar una proposición de ley de Sumar para limitar la compra de viviendas por personas jurídicas y frenar la acumulación de pisos en manos de fondos de inversión. PP, Vox y Junts votaron en contra. Los socialistas prefirieron abstenerse. Conviene recordarlo ahora que algunos parecen haber descubierto la especulación inmobiliaria al mismo tiempo que han encontrado el botón de encender la campaña electoral.
Porque hay una habilidad que el PSOE conserva intacta: pronunciar discursos contra los poderosos con una contundencia que después cuesta encontrar en sus decisiones. En el mitin, el derecho a la vivienda. En el Congreso, los matices. Delante del micrófono, las familias. Delante de una propuesta concreta, ya si eso lo estudiamos.
Seamos precisos, precisamente para que no puedan esconderse detrás de una imprecisión: aquella abstención no decidió la derrota de la iniciativa. Los votos de las derechas bastaban para rechazarla. Pero eso hace todavía más reveladora la elección socialista. Podían apoyar que se abriera el debate, defender sus cambios y retratar a quienes lo bloqueaban. Optaron por no hacerlo. Ni siquiera se votaba aprobar definitivamente aquella ley: se votaba empezar a tramitarla.
Hasta para empezar a discutir cómo poner límites al negocio de acumular viviendas les faltó decisión.
Y había antecedentes. El 27 de noviembre de 2025, el PSOE ya se había abstenido ante una propuesta de Sumar para impedir la compra de viviendas por empresas y fondos. PP, Vox y Junts estuvieron entre quienes votaron en contra. Pasaron los meses, volvió la propuesta y volvió la abstención socialista. La emergencia habitacional corría bastante más que su voluntad de intervenir.
Después llega el relato electoral, esa maravillosa lavandería donde las vacilaciones del Gobierno salen convertidas en firmeza histórica. Nos explican que hay que elegir entre los fondos y las familias. Perfecto. Pero entonces habrá que preguntarles qué estaban eligiendo cuando se abstuvieron.
El propio PSOE ha publicado un texto titulado «Con V de vivienda o con B de buitre», en el que presenta esa disyuntiva y denuncia el rechazo de PP, Vox y Junts a los decretos de vivienda. La crítica a quienes votaron contra esas medidas es legítima. Lo que resulta difícil de digerir es la facilidad con la que desaparecen del relato las abstenciones anteriores del partido que ahora reparte certificados de compromiso.
La hemeroteca debería venir incluida en todos los atriles.
También conviene desmontar otra trampa: la idea de que coincidir en una votación demuestra automáticamente una alianza política. Cuando interesa señalar a otros, compartir el botón parece equivaler a compartir proyecto, programa y hasta mesa de Navidad. Cuando le ocurre al PSOE, aparecen el consenso, la responsabilidad y la complejidad parlamentaria.
El 12 de febrero de 2026, PSOE, PP, Vox y Junts votaron a favor de la reforma sobre multirreincidencia. La iniciativa obtuvo 302 votos favorables, frente a 36 contrarios y ocho abstenciones. Sumar, Podemos y Bildu estuvieron entre quienes la rechazaron. Fue una coincidencia parlamentaria real, con nombres, fecha y resultado.
El PSOE celebró aquella reforma destacando el diálogo y el amplio consenso. Está en su propia comunicación oficial. Y tiene derecho a defenderla. Pero los demás tenemos derecho a exigirle que aplique el mismo criterio cuando las coincidencias parlamentarias afectan a otros. Compartir una votación con Vox no puede ser contaminación política los martes y madurez institucional los jueves.
Cada cual tendrá que responder por el contenido de lo que apoya, por lo que rechaza y por aquello ante lo que decide ponerse de perfil. Ese debería ser el examen. Bastante más exigente que contar quién aparece al lado de quién en una fotografía del panel de votación.
Y en medio de esta representación están los que hablan de la «dictadura de Sánchez». Una dictadura bastante peculiar: la oposición vota, el Gobierno pierde y sus iniciativas pueden acabar rechazadas en el Congreso. El supuesto dictador debe de ser el único al que sus adversarios le tumban decretos por votación parlamentaria y después se van a los medios a explicar que no existe democracia. El 2 de octubre, PP, Vox y Junts estuvieron entre quienes rechazaron los dos decretos de vivienda del Gobierno.
Menuda tiranía. Se les ha olvidado prohibir que gane la oposición.
La palabra dictadura les sirve para evitar el trabajo de hacer una crítica seria. No necesitan explicar qué derechos quieren recortar, qué impuestos quieren bajar a quienes más tienen o qué medidas de vivienda están bloqueando. Basta con gritar «Sánchez» con suficiente indignación y esperar a que nadie pregunte por el alquiler.
Pero la caricatura de la derecha tampoco concede al PSOE una absolución permanente. Que sea absurdo llamar dictador a Sánchez no convierte todas sus decisiones en progresistas. Que Vox represente una amenaza para derechos conquistados no obliga a aceptar como suficiente cualquier cosa que haga el Gobierno. Y que el PP tenga un historial que combatir no borra las responsabilidades de quienes gobiernan ahora.
Esa es la comodidad que debemos discutir: pedir a la gente que rebaje sus exigencias porque el adversario es peor. Convertir cada crítica desde la izquierda en una molestia. Solicitar gratitud por las medidas aprobadas y silencio sobre las que se frenan, se retrasan o se dejan pasar.
Una familia que teme perder su casa puede reconocer los avances y exigir mucho más. Un joven que trabaja y no puede emanciparse tiene derecho a pedir resultados. Y quienes defienden servicios públicos, salarios y vivienda no tienen ninguna obligación de convertirse en figurantes de una campaña ajena.
El miedo a la derecha no puede convertirse en un cheque en blanco para el PSOE.
La derecha tendrá que responder por sus votos contra las medidas de vivienda. El PSOE, por sus propias decisiones y por la distancia entre lo que proclama y lo que está dispuesto a defender cuando llega la votación.
Porque una abstención no se transforma en valentía por mucho que después se imprima una rosa en el cartel.
Y porque la hipocresía del PSOE empieza exactamente ahí: cuando exige a los demás una claridad que él mismo no tuvo el valor de demostrar.
Síguenos en redes





