Mientras buena parte del país se disfraza por Halloween, Casabermeja vive el puente de Todos los Santos al ritmo de otra costumbre, mucho más antigua y con sabor a otoño. Es la Laureña, a la que algunos vecinos llaman también «la Ureña», una tradición autóctona de este municipio malagueño que saca a los niños a la calle para llamar a las puertas de las casas. Pero no en busca de caramelos.
El pueblo celebró este domingo, festividad de Todos los Santos, una jornada que une folclore y fe en tres actos: una misa solemne, una procesión iluminada con velas hasta el cementerio y una actuación de violonchelo en el propio camposanto.
Campanas toda la noche
El origen de la Laureña está ligado a los monaguillos de la parroquia. Antiguamente, en la noche del 31 de octubre, eran ellos quienes tocaban las campanas de la iglesia sin descanso en memoria de los fallecidos del pueblo. Para aguantar la vigilia, recorrían antes las casas pidiendo algo de comer.
«Es una tradición que ha pasado de padre a hijo», explica la catequista María José Jurado. «Los monaguillos, cuando era el día de los Santos, pasaban toda la noche tocando las campanas. Entonces, para que la noche se les hiciera un poco más corta, el día anterior pasaban por las casas y pedían castañas, membrillo, granada, y luego pasaban toda la noche repicando en honor a los difuntos», relata.
Los monaguillos pedían castañas, membrillo o granadas por las casas para aguantar toda la noche tocando las campanas por los difuntos
Nada de chucherías. En una época marcada por la escasez, los vecinos entregaban a los pequeños productos de temporada, como castañas, nueces, carne de membrillo, granadas, melones o dulces caseros, que después compartían para reponer fuerzas.
Coplas en cada puerta
Hoy son los niños quienes mantienen viva la costumbre. Con cestas en la mano, recorren las calles, llaman a las puertas y piden la Laureña recitando coplas tradicionales. El verso depende de la respuesta del vecino: si hay recompensa, suenan estrofas de agradecimiento, como la que arranca con «en casa de buena barba»; si las manos se quedan vacías, las coplas se vuelven jocosas e irónicas.
La tradición se recuperó hace unos cinco o seis años de la mano de la catequesis parroquial. Según detalla Jurado, la iniciativa se dirige a «los niños de catequesis, los que van a hacer la comunión». «Vamos pasando por las casas y luego, a continuación, vamos a la misa», explica.
«Esto es, por decirlo de alguna manera, el Halloween español», resume la catequista María José Jurado
Para Jurado, ambas fiestas conviven sin conflicto, ya que los mismos niños que se disfrazan en Halloween participan después en la Laureña. Con todo, el Ayuntamiento y los vecinos impulsan esta costumbre para preservar la identidad local y evitar que las celebraciones importadas acaben desplazando el folclore propio del municipio.
Un camino de velas
Tras la ronda por las casas llegó el turno de la parroquia. El párroco, Enrique José Yanes Montero, presidió la misa de Todos los Santos, «un día de solemnidad de los más grandes que tiene la Iglesia», en sus palabras.
Al terminar la eucaristía, fieles y vecinos partieron en procesión desde el templo hasta el cementerio rezando el rosario, «recordando también antiguas tradiciones que empezaban ya desde esta noche». «El camino del cementerio está iluminado por velas, por luces que recuerdan esas almas de esos fieles difuntos», describe el sacerdote.
El cortejo baja por la calle San Sebastián, el mismo recorrido que hacen todos los vecinos de Casabermeja el día de su funeral
El itinerario no es casual. Es el mismo que siguen los vecinos del pueblo en su despedida: tras la misa de funeral en la iglesia, el cortejo baja por la calle San Sebastián hasta el cementerio. «Ese recorrido lo vamos a hacer ahora recordando a tantas y tantas personas que han partido ya al encuentro con Dios y que las recordamos de una manera especial y en oración durante esta noche», señala Yanes.
Música entre las tumbas
La jornada concluyó en el camposanto con un responso por los difuntos y una actuación de violonchelo que puso el broche musical a una noche de recuerdo.
Así, entre coplas, campanas y velas, Casabermeja demuestra que el 31 de octubre y el 1 de noviembre también pueden celebrarse con acento propio. Una fiesta de raíz popular que pasó durante generaciones de padres a hijos y que hoy, gracias a los más pequeños, vuelve a llamar a la puerta.




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