El ex costalero, Lolo Gómez, ha tenido a bien compartir en ‹Al Cielo› de 101TV su experiencia de fe, vida y esperanza tras haber sido trasplantado de corazón. El cofrade ha sido costalero de más de cuarenta pasos, entre ellos el Gran Poder, al que le profesa una gran devoción.
Además, también es hermano de la Paz y de Santa Marta. Como era lógico, la charla tenía una clara finalidad social: concienciar de la importancia de ser donante de órganos a través de la experiencia personal de Lolo quie, asegura, que de no haber sido por su donante, hoy no podría haber concedido esta entrevista.
Una cardiopatía en 2018 y un infarto en 2021
Lolo comenzó su relato recordando cómo se produjo el primer episodio que marcó el inicio de su enfermedad. En octubre de 2018, mientras dormía, se despertó con una sensación de asfixia y un importante malestar. «Una noche estaba durmiendo, me levanté muy mal, me estaba asfixiando. Me estaba dando una cardiopatía isquémica».
En 2021 sufrió un nuevo episodio mientras participaba en una peregrinación que los antiguos costaleros del Gran Poder realizan a los Tres Barrios para visitar al Señor. Después de asistir a misa en el patio de la parroquia de la Blanca Paloma, se encontraba con varios compañeros tomando un refresco cuando comenzó a sentir un fuerte dolor en el pecho. «Me estaba dando un infarto. Tuve la suerte de que había compañeros que eran médicos y me atendieron rápidamente y llamaron a una ambulancia».
La situación empeoró considerablemente en 2024. Antes de una revisión médica, Lolo ya se encontraba en unas condiciones físicas muy delicadas. Apenas podía caminar unos metros y necesitaba ayuda incluso para subir las escaleras de su propia casa. El diagnóstico médico fue determinante: necesitaba un trasplante de corazón. Su función cardíaca se encontraba por debajo del 20 %.
El trasplante de corazón
En noviembre de 2024 llegó el momento que llevaba tiempo esperando. Lolo se encontraba en casa con una de sus dos hijas mientras su mujer estaba trabajando cuando recibió una llamada de un número que no tenía guardado para notificarle que esa misma tarde le trasplantarían el corazón. Ya había donante.
«Entré con mucha tranquilidad en quirófano, muy relajado, porque soy profundamente cristiano. Y antes de que me durmieran, me acordé del Gran Poder y le dije: «Bueno, pues aquí estoy, no para lo que tú quieras. Si tú crees que me tengo que ir, pues me iré. Y si me vas a dar una oportunidad, procuraré cada día ser mejor persona e intentar ayudar a toda la gente que pueda»».
Después de la intervención, Lolo comenzó a reflexionar sobre el sentido de todo lo que había vivido. Durante un tiempo se preguntó por qué le había ocurrido aquello precisamente a él, hasta que decidió cambiar la perspectiva de su pensamiento. «Me pegué un tiempo pensando por qué, por qué me había ocurrido a mí. Luego cambié la zona y pensé: no por qué me ha ocurrido, sino para qué me ha ocurrido».
Esa reflexión le llevó a encontrar una misión personal en su nueva vida: concienciar a los demás sobre la importancia de la donación de órganos. «Ya me di cuenta de que el Señor creo que me había dejado aquí, pero para que yo siguiera intentando concienciar a las personas de la importancia que tiene ser donante de órganos».
«Cada noche rezo por mi donante y escucho ‹Esperanza de Vida›»
Al hilo de esto, Lolo explicó que, independientemente de la hora a la que llegue a casa, nunca se acuesta sin dedicar sus oraciones a su familia y, especialmente, a la persona que le permitió seguir viviendo. «Yo rezo todos los días por mi familia, por mis hermanos, por mi mujer, por mis hijas y, por supuesto, por el donante y por su familia, que tuvo esa valentía».
«De no ser por el trasplante yo ya me hubiese ido. Tenía unos meses en los que podía aguantar, pero llegado cierto mes ya no se podía aguantar. Yo estaba en Código Cero».
Además, mantiene un ritual que le acompaña desde su estancia hospitalaria: escuchar cada noche Esperanza de Vida, la marcha de Manolo Marvizón. «Yo la escuchaba desde que era trasplantado y me daba mucha paz. Me dormía muy tranquilo y sigo escuchándola todas las noches».
Su rencociliación con Juan José Gómez
La entrevista continuó con uno de los recuerdos más personales del proceso de recuperación. Preguntado por quién fue la primera persona que vio al despertar del trasplante, Lolo explicó que el primer día se encontró con un compañero de trabajadera que se había acercado a visitarlo.
Sin embargo, fue al segundo día cuando vivió uno de los momentos más emocionantes. «Cuando abro los ojos y miro a mi izquierda está allí mi hermano Juan José. La verdad que me dio una alegría tremenda ver a mi hermano, una alegría muy grande. Para mí, tengo que decirlo, el mejor capataz es mi hermano Juan José. Ha sido mi espejo y sigue siendo mi espejo, aunque yo ya no sea costalero. Para mí es él».
Entre ellas, recordó un episodio ocurrido mientras acompañaba a su hermano en como capataz en el misterio del Sagrado Decreto de la hermandad de la Trinidad el Sábado Santo de 2008. Ambos mantuvieron una conversación rápida delante del paso y Lolo, fruto de un enfado que hoy reconoce que no entiende, decidió marcharse y dejar solo a Juan José.
«Yo me arrepiento mucho de un caso que me ocurrió acompañando a mi hermano en un paso de la Semana Santa de Sevilla. Hubo un momento en el que tuvimos una conversación rápida, delante del paso, y yo cogí un berrinche que no entiendo por qué. Desde entonces me estoy arrepintiendo y toda la vida me arrepentiré. Dejé a mi hermano solo, me fui y lo dejé solo».
El recuerdo de aquella escena quedó todavía más grabado por lo que sucedió poco después. Mientras regresaba a casa en su coche, comenzó a llover y escuchó por la radio que el paso del Sagrado Decreto de la Hermandad de la Trinidad buscaba refugio en la iglesia del Salvador.
«Cuando mi hermano solo me puse a llorar escuchando la radio. Es una cosa de la que me voy a arrepentir toda la vida».
Las mujeres del Gran Poder y las historias que se viven debajo del paso
Preguntado por lo que sucede cuando los hombres del Señor salen del paso, Lolo explicó que muchas veces las devotas del Gran Poder tocan a sus costaleros. Para ilustrarlo, relató una experiencia que vivió durante una Madrugada bajo el paso del Gran Poder.
«Una vez, tras salir del relevo de Correos una mujer se vino para mí y se abrazó a mí llorando aquí en mi hombro. No la conocía de nada». El antiguo costalero llegó a la conclusión de que aquella mujer necesitaba expresar de alguna manera la emoción que sentía al contemplar al Señor y que, al encontrarse con los costaleros, encontró en él a la persona más cercana.
También quiso relatar otra emotiva historia que vivió durante tres años consecutivos a la altura de la Campana bajo el paso del Señor de Sevilla. Un compañero que trabajaba junto a él le pedía siempre que le cediera su sitio en el costero durante un tramo del recorrido.
Lolo accedía sin darle demasiada importancia, aunque le llamaba la atención que se lo pidiera siempre en el mismo lugar. La situación se repitió durante tres años hasta que, al entrar en la calle Sierpes, su compañero le dio un codazo y le pidió que se asomara por el faldón calado del paso, que permite contemplar el exterior sin los respiraderos tradicionales.
«Me asomé y había una señora mayor mirando al Señor y llorando. Cuando me puse en mi sitio, le dije: «Antonio, estamos toda la noche viéndolo». Y me respondió: «Sí, pero esa es mi madre».
La medalla del Gran Poder que ayudó a que una niña encontrara donante de corazón
La parte más emotiva de la charla concluyó con otra historia relacionada con la donación de órganos: la de una niña de apenas tres años que llevaba meses esperando un corazón.
Lolo explicó que la historia llegó a través de la hermana de su mujer, que conocía a un matrimonio al que había tratado durante el camino del Rocío. La pareja tenía dos hijas pequeñas y la más pequeña, a la que la hermana de su mujer había bautizado en el Quema, se encontraba ingresada en el hospital Infanta Sofía de Córdoba a la espera de un trasplante.
«Cuando vi a la niña era rubita, tan pequeñita y con las cosas que tenía puestas. Estaba tan tranquila, como ausente del problema que tenía, jugando allí con un pequeño juguetito». La pequeña lo miró, le sonrió y Lolo no pudo contener las lágrimas. «Cuando le habló el padre me miró, me sonrió y tuve que irme de allí llorando. No lo pude aguantar, la verdad».
Apenas una semana después de aquella visita, la niña recibió un corazón. «Las cosas del Señor», afirmó emocionado. La pequeña comenzó entonces su recuperación, con sus revisiones y tratamientos, en un proceso que Lolo sigue con especial cariño.




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