El discurso oficial de Bruselas y Madrid insiste en la eliminación total de las barreras físicas en el Campo de Gibraltar, pero el terreno cuenta una historia radicalmente distinta. La Verja no se va a quitar.
Visitando a pie de frontera las instalaciones que separan La Línea de la Concepción de Gibraltar se constata a pie de pista que las imágenes grabadas hoy son un calco deprimente de las de hace dos meses: cierto que se ha retirado la aduana pero la imagen de la reja, el acerado, los cascotes y la suciedad acumulada, sigue siendo del mismo abandono institucional.
Una realidad incómoda que hubiera sido la que habría disfrutado la comitiva del Gobierno central, que ha esquivado la foto oficial hasta el próximo día 15 coincidiendo con la aplicación provisional del acuerdo entre la Unión Europea y Reino Unido sobre Gibraltar. Si Sánchez hubiera visitado la frontera, habría comprobado in situ que Gibraltar levanta una nueva reja mientras España sigue con una imagen patética.
«Están vendiendo humo»
La geografía del perímetro no deja margen al optimismo de los despachos. «Es un paripé lo que cuentan los políticos; esto se queda prácticamente igual», confiesa de manera tajante un ciudadano en la aduana, hablando bajo estricto anonimato.
Si el visitante se para frente a la aduana mirando hacia el Peñón, a la derecha se alzan las instalaciones y viviendas de los militares británicos, ahí todo seguirá igual. Nada se retira. Blindada la verja. Una zona celosamente guardada, custodiada y estratégicamente intocable. Nadie va a desmantelar ese muro.
Hacia la izquierda, en dirección al mar de La Línea, el escenario es aún más rígido debido a la pista de aterrizaje del aeródromo.
En ese sector, lejos de suprimir las medidas de seguridad tras los terrenos cedidos, estas se están incrementando. Gibraltar ya ha instalado su propia reja para proteger sus nuevas infraestructuras de vigilancia y un denso entramado de cámaras de reconocimiento facial destinadas a monitorizar al milímetro quién entra y quién sale del territorio.
El plan real para el tráfico de vehículos particulares y peatones es mantener exactamente el mismo acceso actual. La misma calle de entrada pero sin control de documentación ni mercancías a partir del 15 de julio: libre paso de personas y mercancías como si de espacio Schengen se tratara, nos confirma un agente.
La incertidumbre es total entre quienes viven del motor de la comarca. En la parada de taxis que flanquea el paso fronterizo, el apagón informativo genera tanta indignación como cautela. «Nadie nos ha informado de nada. No sabemos nada», confiesan de manera rotunda varios taxistas. «Mejor no hablar de algo que no sabemos», zanjan con resignación.

A escasos metros, una de las mujeres que realiza una cuestación a pie de aduana comparte ese mismo escepticismo, desmontando con la lógica del día a día los argumentos institucionales. «Esto no creo que sea bueno para La Línea, ojalá me equivoque», apunta con preocupación. «Se han centrado en que no va a haber colas para los trabajadores, pero es que eso ya no pasa. Si hay una excursión y se acumula una cola, los trabajadores entran por el lateral sin problema. Están vendiendo humo», zanja con rotundidad.
Mientras el Peñón asegura su terreno en tierra con acero de última generación y refuerza sus cámaras, el lado español ofrece una estampa decadente que penaliza la imagen de la ciudad frente a turistas e inversores. Hay que seguir esperando para comprobar si de aquí al 15 de julio, para la visita institucional de Sánchez y Albares, los accesos por la parte española están más atractivos y presentables, al igual que el conocimiento de la realidad del acuerdo sea más nítida para los alcaldes del Campo de Gibraltar. Algo que están exigiendo especialmente, sobre todo Juan Franco desde La Línea, que verá y sufrirá de primera mano las ventajas e inconvenientes posibles tras la implantación de la normativa pactada y firmada en Bruselas.



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